lunes, 1 de junio de 2015

Música chatarra

No vale la pena ser escuchada, merece el olvido por aburrida, por copiona y por güevona ¡Qué la borren de todo soporte material que permita su reproducción ad infinitum!
No importa quién la compuso, ni quién la interpreta, lo que importa es que no te quite tu valioso tiempo, que no prestes oídos a aquello que lejos de llenarte el alma va a molestar tu mente.

¿Con qué criterio puedo calificar una música como chatarra?
Cuando de comida se trata, casi todos tenemos muy claro qué cosas deberíamos evitar consumir: alimentos saturados en grasas, azúcares refinados o químicos añadidos; esos que pueden darnos un somero placer pero dañan más al cuerpo de lo que lo nutren. Con la música pasa algo parecido, solo que es difícil generalizarlo porque a nivel fisiológico somos más parecidos que en lo psicológico. La diferencia estriba en que lo que es psíquicamente nutritivo para unos no lo es para otros, aquello que conduce al bienestar es totalmente relativo cuando hablamos de arte sonoro. Por eso no me atrevería a hacer un bando que proscriba una sola pieza, nada más expongo aquí los criterios más sencillos con los que yo saco de mi vida aquello que no alcanza el mérito suficiente para entrar por mis oídos.

La música valiosa nos llena en por lo menos 3 niveles: físico, intelectual y emocional. Partiendo de esta base, vale la pena oír aquello que a nivel físico nos produce sensaciones placenteras, nos compele a movernos: desde un pulsado movimiento del dedo hasta pararnos a bailar vigorosamente; aquello que produce cambios físicos, vibraciones, que a veces nos acelera el corazón y a veces relaja nuestros músculos, que nos hace contener el aliento o nos arranca un suspiro, sea cual sea la reacción del cuerpo, la música que lo impacta y despierta merece entrar dentro de él.



Si una pieza no logra retener nuestra atención hasta el final es un mal síntoma. Eso sucede generalmente con aquello que no es interesante. Lo interesante está dirigido a satisfacer nuestra parte intelectual, normalmente eso sucede cuando hay algo original en la música, algo que nos atrapa porque sus elementos: el ritmo, la melodía, la armonía, el timbre, la textura, la dinámica, la estructura… están usados de una forma que no habíamos escuchado antes y entonces nuestra mente se pone alerta, acalla la vorágine de pensamientos que pululan dentro y se dispone a escuchar con detalle. Uno no debe llevar una dieta sonora de “pan con lo mismo” porque se le ponen fofos los oídos. Puede ser, sin embargo, que sea una obra grandiosa, calificada así por la historia, y que aún no estemos maduros para escucharla, entonces lo mejor será ponerla en la lista de “algún día” y atender aquello que nos atrape aquí y ahora.

El poder para conmover de la música es enorme y casi todos los humanos nos valemos de él, consciente o inconscientemente, para transformar nuestro estado interior y contactar con las emociones que necesitamos. No olvidemos que las emociones son la guía de turistas de nuestro mundo interno y hay que ponerles atención si no queremos perdernos dentro de los vericuetos de nuestro ser. Una pieza que no nos hace sentir nada, que nos deja igual que como estábamos, carece de poder, ni fu ni fá para el corazón ¿porqué conformarnos con cualquier insulsada musical si hay más obras interesantes y emocionantes de las que podemos escuchar en toda una vida?


El placer, como la tierra, es de quien lo trabaja. El que busca buena música la encuentra, por eso tenemos que destinar el tiempo y la energía para allegarnos obras que nos llenen a nivel físico, intelectual y emocional. Quien consume irreflexivamente lo que le ponen los medios que lo circundan rara vez sentirá un verdadero placer escuchando música. Si nada más consumimos música chatarra, nuestro ser estará desnutrido.

[Versión original del artículo publicado por Liz Espinosa Terán en la Revista Cultural Alternativas el mes de Junio de 2015]

lunes, 4 de mayo de 2015

Tavener: del aliento a la contracultura

Es generalmente aceptado que la música es el resultado en 10% de la inspiración y en 90% de la transpiración, es decir, del trabajo constante; pero ese minoritario porcentaje de donde brota la creatividad es en las obras de  Sir John Tavener la simiente del peculiar éxtasis que producen.

Tavener fue uno de los compositores británicos más importantes del siglo XX. Murió en 2013, a la edad de 69 años, dejando un repertorio inundado por la inspiración mística, lo que no sería raro si hubiera vivido en el siglo XII pero haberlo creado en el siglo más ateo de la historia nos ayuda a ubicarlo como un personaje contracultural.

Contracultura en la 2ª mitad del Siglo XX era rechazar la razón como modo único de conocimiento y tratar de experimentar y desarrollar todo el potencial creativo, imaginativo, sensitivo y espiritual. Al respecto dice Tomás Marco, compositor y ensayista español,  que “…este tipo de acercamiento a lo espiritual resultaba novedoso en el contexto de las vanguardias puesto que el pensamiento musical de la modernidad había sido tan abstracto que a penas si hay en sus productos algún rastro de pensamiento religioso”.

El misticismo en la música busca revelar ideas religiosas de cualquier tradición humana, incluso esotéricas y tiende provocar furor espiritual en el oyente. Aunque Tavener profesó el Cristianismo Ortodoxo de la Iglesia Rusa, no se limitó a obtener inspiración de esa fuente teológica, también fue influenciado por Frithjof Schuon, autoridad mundial en materia de filosofía, misticismo y espiritualidad; por Santa Teresa de Lisieux; por el artista plástico Cecil Collins y su esposa Elizabeth y por la poetisa rusa Anna Akhmatova entre muchas otras personas y filosofías.

The Protecting Veil es una obra emblemática de éste tipo de repertorio, recibe aliento de los íconos Marianos, está concebida como íconos sonoros, cada uno de los cuales alude a pasajes de la vida de la Virgen María. El primer movimiento, El Velo Protector, nos remite a la protección de los fieles a través de la intercesión de Nuestra Señora Santísima Theotokos, una de las advocaciones más importantes de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Los demás movimientos están dedicados a la natividad de la Madre de Dios, la Anunciación, la Encarnación, el lamento de la Madre de Dios ante la cruz, la Resurrección, la Dormición y una conclusión que de nuevo evoca El velo protector inicial.

No hace falta la mediación religiosa o artística para intuir un espíritu común en el universo, para regocijarse en lo amoroso de la naturaleza, para conectarse con lo que cada quien concibe como Dios, ah, pero cómo ayuda escuchar música mística para lograrlo. ¿Será que ese aliento guarda y transporta la esencia de aquello que lo origina?

The Protecting Veil junto con la famosa Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, el Concierto para oboe en La menor de Ralph Vaughan Williams y la Suite Capriol de Peter Warlock, también compositores británicos, serán interpretados el 21 de Mayo por la City of London Sinfonia ¡nada menos! en el Teatro Bicentenario de León, habrá que escucharlo para sentir qué nos inspira ésta música.

[Versión original de artículo publicado por Liz Espinosa Terán en la Revista Cultural Alternativas de Mayo de 2015]



domingo, 5 de abril de 2015

Literatos de papel pautado

Existen varios casos de escritores geniales que también crearon música, tuvieron la necesidad de expresar algo que no alcanzaban a decir a través de las palabras, decidieron abandonar el confort que supone “hacer eso que uno hace tan bien” y arriesgarse a componer.

El peso de su trabajo literario es tan grande que con el tiempo ha aplastado su contribución en otras áreas por ellos exploradas. Cuando se habla del legado de  Friedrich Nietzsche se hace referencia a El Anticristo o a El Ocaso de los ídolos pero nadie menciona las Resonancias de una noche de San Silvestre para piano a cuatro manos o el lied Beschwörung basado en un texto de Pushking. Sus piezas vocales incluso han sido grabadas en un disco por el  barítono Dietrich Fischer-Dieskau ¿será justo este olvido?

Varios cuartetos de cuerda nacieron de la misma mano que escribió Dialéctica de la ilustración: Theodor  Adorno, filósofo incansable de la música, y la Estética en general, que trató éstos temas en al menos 8 libros. Adorno creó música atonal, apostó por ésta técnica pues le pareció la más adecuada para hacer “surgir a la superficie lo oculto bajo la realidad: la barbarie”. Consideró  inadecuado que el arte se dedicara a garantizar un orden y tranquilidad aparentes, así que no recurrió a melodías cantables que alegraran el alma de nadie. Sus cuartetos, dicho sea de paso, también fueron grabados por el Leipziger Streichquartett.

Jurista destacado que ejerció como juez en Berlín, músico e inspirador literario de Offenbach y Delibes, E.T.A. Hoffmann creó música religiosa, música incidental para teatro, ballet y una ópera: Ondina. Jean-Jacques Rousseau también incursionó en el drama musicalizado con Le devin de village e incluso propuso un sistema diferente de notación musical a través de cifras correspondientes a grados musicales que no fue bien acogido por la Academia Francesa. La lista también incluye americanos: Sor Juana Inés de la Cruz y Alejo Carpentier quienes hicieron letras para villancicos, música coral y canción culta. Carpentier fue un musicólogo que usó la literatura para hablar de música y la música para conformar su literatura.

Milan Kundera, al igual que varios de los antes mencionados, fue introducido a la música por uno de sus padres; la influencia del pianista Ludvík Kundera lo llevó a estudiar composición, más tarde se dedicaría a la literatura y el cine; gracias a esto cuando fue expulsado del partido comunista, quedando  desempleado, sobrevivió trabajando como pianista de jazz.

Estos personajes tienen en común varias cosas: la producción de obras literarias de alta calidad; la reflexión musical o inclusión de referencias a la música dentro de su quehacer como escritores; búsquedas en otros campos: filología, psicología, sociología, botánica, gastronomía y cine; y la fuerza de voluntad para superar los retos técnicos y hablar en un idioma diferente: la música.

Resolver la propia vida es cosa de darse permiso para seguir la voz interior. La voz exterior dice que el zapatero ha de hacer zapatos, y nada más zapatos, para que cada vez le salgan mejor,  para que los venda más caro y luego se pague un nivel de vida que haga suponer a los demás que es un ser exitoso. La voz interior te compele a enamorarte de diversas cosas a lo largo del tiempo, a explorarlas y finalmente a expresarlas como puedas.

Quizá la precisión de las palabras hace insuficiente a la literatura para expresar la complejidad de lo que somos y sentimos. Quizá en lo más profundo somos un devenir rítmico que armoniza con el universo en diferentes frecuencias y no hay más remedio que hacer música para exteriorizarlo. 

[Versión original del artículo publicado por Liz Espinosa Terán en Abril de 2015 en la Revista Cultural Alternativas]





martes, 10 de marzo de 2015

El poder y los decibeles


No hay monedita de oro musical, cualquier pieza va a complacer a unos y a disgustar a otros porque cada persona encuentra su paraíso en diferente lugar. Entonces ¿por qué poner la música fuerte e imponer al otro lo que yo quiero escuchar? ¿Por qué lesionar física o emocionalmente a los demás a través del volumen de la música?

Observo que hay una asociación entre el volumen y el poder que lleva al dueño del aparato de sonido a girar la perilla al punto en que todo el mundo a medio kilómetro a la redonda pueda escuchar su música. Una prepotencia sonora: yo tengo la bocina grandota y tú te aguantas y oyes lo que te ponga.

La creencia de que potencia es poder, sumada a la falsa idea de que “a mayor volumen mayor diversión”, hace frecuente que unos abusen auditivamente de los otros y que ni siquiera comprendan que están violentando seres humanos a través del sonido.

No deberíamos ver con normalidad que al entrar a un comercio haya una bocina a todo volumen para promocionar un producto u oferta; que en un bar no podamos ni escuchar lo que nos dice al oído la persona que está al lado; que dentro del coche y con las ventanas cerradas acabemos por oír lo que escucha el auto de atrás; que nuestros vecinos estén a gusto con sus rolitas y dentro de nuestra casa estemos a disgusto soportándolas; o que en una plaza pública ya no se pueda escuchar el sonido de una fuente, el canto de los pájaros o las risas de los niños, porque un amplificador contamina con música y con una persona que grita en el micrófono, ah, porque hay personas que no se enteran que el micrófono es un dispositivo para amplificar el sonido y por lo tanto no hace falta gritar cuando se usa.

Otra falsa creencia es que “a la gente le gusta” y eso sirve de justificación para que quien detenta el poder de la perilla ponga más decibeles de lo saludable para el oído humano. A nadie le gusta que le duela la cabeza, que le zumbe el oído o experimentar una fatiga acústica por estar expuesto mucho tiempo a una amplificación de 90 dB. Lo peor es que no hay manera de que baje el volumen porque dice que “a la gente le gusta así”, ni siquiera a petición de quien lo contrata. Tenemos que ser más rebeldes y resistirnos ante este abuso de poder: expresar que nos causa molestia y
pedir que le bajen.

Imponer cualquier tipo de música a través del volumen alto es una agresión, en el mejor de los casos psicológica y en el peor fisiológica, pues puede llegar a eliminar las células auditivas de la membrana timpánica. El otorrinolaringólogo Dr. José de Jesús Magaña Bravo explicó, en entrevista para Alternativas, que las células ciliadas al moverse convierten la energía mecánica de las ondas sonoras en impulsos eléctricos que hacen que el sonido pueda ser procesado en el cerebro y estas células se lesionan, incluso se destruyen, por mantenerse mucho tiempo expuestas a un volumen mayor a 80 dB. La cantidad de tiempo depende de la susceptibilidad de cada persona y de su estado de salud, porque las personas que padecen diabetes o hipertensión, por ejemplo, pueden verse afectadas en menor tiempo. Para tener una referencia de qué tanto es tantito en materia de decibeles: 50 dB es la magnitud acústica de una conversación entre personas, mientras que 110 dB lo es en un concierto de música rock o banda.

Debido a que el volumen excesivo contamina el medio ambiente, violenta psicológicamente y puede producir fatiga acústica e incluso llegar a causar la pérdida irreversible de la audición, la SEMARNAT ha establecido en una Norma Oficial Mexicana que el número de decibeles permitidos para la emisión de ruido en zona residencial es 55 dB, en una zona comercial es de 68 dB y en un evento de entretenimiento masivo es de 100 dB y durante máximo 4 horas. ¿Te has fijado en cuántos decibeles pones tú la música?

[Versión original del artículo publicado por Liz Espinosa Terán en la Revista Cultural Alternativas en Marzo de 2015]